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PREGÓN DE SEMANA SANTA 2019


(Miércoles, 24 de abril de 2019)


PREGÓN SEMANA SANTA. VARA DE REY, 2019.

 

“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también nuestra fe”. (1 Cor 15, 14)

 

Reverendo D. Miguel Rubio Orozco, Párroco de nuestra parroquia de la Virgen de la Asunción.

Doña Anunciación Martínez Serrano, alcaldesa-Presidenta y señores concejales del Excmo. Ayuntamiento de nuestro pueblo.

Señores Hermanos y Hermanas Mayores de las distintas cofradías.

Cofrades, nazarenos, manolas, vecinos y amigos de nuestro pueblo.

 

Buenas tardes.

     Hace unos días recibí la llamada de nuestra alcaldesa, solicitándome que, puesto que hacía 25 años que se refundaron las cofradías en nuestro pueblo, había pensado que podíamos celebrar este aniversario con un Pregón de Semana Santa, y aquí estoy, intentando hacerlo lo mejor posible.

     He querido empezar con esa frase del apóstol San Pablo a los Corintios porque en ella se encierra el fundamento de nuestra fe. “Si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados entre los hombres”, dice San Pablo. (1Cor 19,)

     Los cristianos creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y por tanto, si Dios le resucitó a Él, también nos resucitará a nosotros, y en eso se basa nuestra religión y nuestra fe.

     ¿Qué dice la Biblia de la Semana Santa? Los 4 evangelistas narran los hechos ocurridos en la última semana de vida de Jesús. Desde la entrada triunfal en Jerusalén el Domingo de Ramos a lomos de un burro, hasta la Resurrección de Jesús y posterior aparición a sus discípulos, pasando por su juicio, pasión y crucifixión.

     El Domingo de Ramos, recordamos cómo Jesús fue aclamado, vitoreado, alabado y ensalzado públicamente, reconocido como Maestro que fue capaz de enseñar con autoridad, de hacer grandes milagros y curaciones de enfermos. El pueblo gritaba: “¡Gloria al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Gloria a Dios en las alturas!”. (Mt 21, 9)

     Nosotros celebramos esa entrada triunfal cuando en nuestra iglesia D. Miguel, bendice los ramos de olivo y se inicia la procesión hacia la ermita.

     Si volvemos al relato evangélico, sabemos que de esa desbordante alegría, se pasó a las sospechas de los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley, los ancianos y toda la Junta Suprema que formaban el Sanedrín, pues se cuestionaban sus intenciones y se preguntaban: “¿Quién es éste al que aclaman como si de un rey se tratara?”

    Nosotros revivimos aquel tiempo con la llamada Se ma na   San ta que es el tiempo litúrgico más importante y está dedicado a la oración y reflexión de los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, hijo de Dios.

     La fecha de celebración de la misma se estableció en el Concilio de Nicea (325) que promulgó que la Pascua cristiana (la Resurrección de Cristo) se celebraría "el primer domingo después de la Luna llena que coincida o que suceda al equinoccio de primavera (20-21 de marzo)"  (22/03/2285 y 25/04/2038)

 

    Es por eso que como en este año, la primera luna después del 21 de marzo será mañana viernes día 19 de abril, por tanto, el siguiente domingo es el 21, que es cuando celebramos el Domingo de Pascua o Resurrección.

     También debemos recordar que fue el Concilio de Trento en su sesión XXV -y última- (1563) el que promulgó con fines didácticos el decreto sobre la veneración de imágenes para instruir al pueblo.

     Y eso es lo que recordamos año tras año con nuestras procesiones. Procesiones que llegaron a peligrar en nuestro pueblo, porque cada vez menos gente se acercaba a ayudar a sacar nuestros pasos e imágenes. Sabíamos que en tiempos pasados (años 50-60) hubo unas cofradías que gozaron de muy buena salud, (“la de S. Juan” era una de las más numerosas y tuvo de Hermanos Mayores a Laurentino “cebolleta” y Martín “el de la gallito”), que la gente llevaba los pasos desde un sitio a otro ya establecidos de antemano y que no se relevaba hasta que el paso llegase al lugar prefijado. En aquellos tiempos se incorporó también “la del sepulcro”, con una losa de mármol en la parte inferior que hacía que su peso fuese muy superior al actual. Muy atrás, quedaron aquellos tiempos de “un anda, un hombro” en que el paso acababa en el suelo y en trifulca entre familias, porque se iba pendiente de si los portadores podrían o no cumplir la promesa.

      La despoblación y la huida de la gente a las ciudades pusieron en peligro que nuestras imágenes y tallas procesionaran por nuestras calles. (Entre 1960 y 1980 la población se redujo a la mitad, pasando de 2100 a apenas 1000 habitantes). Y eso fue lo que observamos en el año 1993. Además, aquél año teníamos un nuevo paso realizado y donado por Tiburcio Granero, “La flagelación de nuestro Señor o los azotes en la columna,” y este nuevo paso necesitaba mucha más gente para llevarlo. Así que ese año, con permiso de D. Miguel, decidimos que había que dar un impulso a las procesiones y eso era cosa de T O D O S.  

     Entre Domingo y yo (con la ayuda de otros), pasamos casa por casa por todo el pueblo. Al principio, íbamos con cierto temor por ver cuál sería la respuesta de la gente, pero a medida que veíamos que nos recibían de buen grado y que en todas las casas se apuntaba alguien (Anuncia me recordaba que en su casa 3, todos menos ella, -sería que ya entonces adivinaba que tendría que ir a las procesiones al lado de D. Miguel, como autoridad de nuestro pueblo), perdimos el miedo y,  animados por la propia gente que nos daba las gracias por lo que estábamos haciendo, conseguimos los resultados de los que se dieron cuenta en su consiguiente acta, fechada el 4 de abril de 1994 y que decía que:

     Fruto de esa campaña  se consiguió para la Semana Santa de ese año, la creación de 5 nuevas Cofradías, incorporándose 101 personas mayores que pagaron 2500 pesetas por el hábito y 58 menores a razón de 1000 pesetas por cada uno.   (15 y 6 € al cambio de hoy)*

     Hizo posible por su trabajo abnegado y dedicación que las cofradías vieran la luz la Asociación de mujeres, fundamentalmente dos de ellas: Adoración García, que supervisó la compra de las telas y Lucrecia Coronado, que cortó y distribuyó el material entre los distintos cofrades. Posteriormente varias cofradías contaron con la ayuda económica de la junta de propietarios del coto de caza “Zurreaires”.

    

     Los gastos de la refundación de las cofradías fueron de 310.500 pesetas (al cambio de hoy 1863 €) y a partir de ese día, teníamos 159 nuevos cofrades.

     La cofradía de la Flagelación contaba con 61 cofrades; San Juan, 30;  25 el Crucificado; 24 el Sepulcro, 11 el Santo Cristo de la Misericordia, y a la Dolorosa y al Nazareno se apuntaron 8 nuevos miembros, además de los que ya estaban en estos pasos.

     Al volver a leer los nombres de todos cuantos se apuntaron, uno no puede dejar de emocionarse al ver que algunos de éstos ya no están entre nosotros. Pido por favor, que en memoria de ellos nos pongamos en pie y guardemos un respetuoso silencio, mientras mi hija, Paula, toca con el violín el “canto de los pájaros” de Pau Casals.

COFRADÍA DEL SEPULCRO.

Julián Serrano Galindo

Hilario García Montoya

Reyes Escribano Jareño

COFRADÍA DE LA FLAGELACIÓN.

Jesús serrano Montoya

Vicente Escribano Moratalla

COFRADÍA DE SAN JUAN.

Constantino Galindo Montoya

Raúl Moratalla Mondéjar

Jesús Jávega Pardo

COFRADÍA DE JESÚS NAZARENO

Elena Marín Jávega

COFRADÍA DE LA DOLOROSA

Isidora Brox Serrano

 

 

                                                -----------------------

 

     Seguimos con nuestra Semana Santa. Tras el Domingo de Ramos, en la iglesia empieza a notarse un ajetreo y movimiento fuera de lo habitual. Nuestro templo se limpia, se engalana, los cofrades preparan sus pasos, llegan las flores, los lirios y las lilas. Las mujeres traen sus mejores macetas y se monta el altar con el Monumento a la hostia consagrada donde quedará expuesto el Santísimo Sacramento (porque el viernes no se puede consagrar).

     Acuden otros sacerdotes para celebrar confesiones y, en definitiva, el pueblo se prepara para vivir una nueva Semana Santa. Aquél año de 1994 fue espectacular, nunca se había visto la iglesia tan llena de cofrades, con un colorido sin igual. Fue un logro de todos, porque T O D O S estábamos orgullosos y satisfechos de lo que se había conseguido.

 

JUEVES SANTO.

    Empiezan a llegar los familiares a las casas. Desde primera hora, los panes redondos comprados uno o dos días antes, se han desmigado. Es el día de los 7 potajes o los 7 platos. En la inmensa mayoría de las casas, hoy se come potaje de rellenos y bacalao con habichuelas y garbanzos. Después, el bacalao “desalao” frito y la tortilla y, terminamos con las torrijas, flores, rolletes de sartén o rellenos de duz. Los más viejos del lugar nos recuerdan aquellas cuervas que se hacían en el porche de “Cebolleta” para celebrar estos días y cómo por las noches, las mujeres se organizaban por turnos de 30 a 45 minutos para de dos en dos, ir relevándose en la custodia de la Santa Eucaristía, porque la iglesia permanecía abierta toda la noche.

     A mediodía, las campanas dejaban de sonar. Todas las imágenes que no iban a procesionar, se cubrían con una tela morada, al igual que las escenas que cuelgan de los muros y que reproducen las XIV estaciones del Vía Crucis. Por la tarde, de la iglesia se sacaba la “carraca grande” -a la que se iban sumando otras más pequeñas-, para hacer el recorrido por todas las calles y convocar a la gente en la iglesia al grito de “a los Oficiosss”

   Es el día del lavatorio de pies. Jesús llega al cenáculo y lava los pies a los apóstoles uno a uno. Después, celebra la última cena e instituye la eucaristía.  Al finalizar, Jesús se despide de su madre y sale en dirección al Huerto de los Olivos. Esa misma noche, Jesús es entregado por Judas y llevado a prisión.  Jesús se siente solo, tiene miedo, está angustiado, es… hu ma no. Es noche de desamparo, soledad, miedo, desesperanza e impotencia y nuestra Virgen Dolorosa va detrás, consciente de lo que le espera a su hijo. Su corazón está roto por el dolor.

 

     El Papa Francisco nos dice que “debemos tener la certeza, la seguridad de que el Señor, cuando nos lava los pies, nos lava todo, purifica todo.”

     Salen los pasos a la puerta de la iglesia, se ordenan y se inicia la procesión. San Juan, el Nazareno, la Dolorosa, el Ecce Homo y el Látigo. Bajamos por la calle Iglesia, giramos hacia la calle llaves y enfilamos la calle Resto –hoy, Constitución-. Llegamos a la Plaza y, frente a la casa de Tiburcio, se para el paso de la Flagelación, se apagan las farolas en la plaza, solo titilan las luces de las velas y tulipas, y se oye la saeta al Cristo de los Gitanos magistralmente interpretada por nuestra banda municipal de música. (Mi recuerdo también a Felipe “Papú”, por aquellas tardes enseñando a tocar el tambor, a cuantos quisieran para poder llevar bien el paso: “al redoble, siempre el pie izquierdo”). La emoción sube a raudales. Los cofrades rinden homenaje a Tiburcio Granero, por ese regalo que nos ha hecho para siempre. Vuelven las luces y enfilamos por la Cuesta de los Rigos, hasta la calle San José. Es el momento de arrimar el hombro, es el momento en que todos los cofrades son uno solo, bailando el paso con majestuosidad y solemnidad -no en vano la iglesia celebra este día como el del amor fraterno-. Seguimos hasta la Plaza Cuéllar, para nosotros “la placeta”, y de nuevo subimos por la cuesta de la iglesia hasta nuestra iglesia. La procesión ha terminado. Los cofrades se quitan los capuces y el sudor y las marcas de las cintas se dibujan en los rostros. Ha merecido la pena.

   

 

VIERNES SANTO 

     Es el momento cumbre de la Semana Santa. Jesús, encarcelado, es sometido a juicio y declarado culpable. Le ponen la corona de espinas en la cabeza, le cargan una pesada cruz y tiene que llevarla al calvario, donde un poco antes de mediodía es crucificado. Para comprobar que ha muerto, le clavan la lanza en el pecho. Después entregan el cuerpo a su madre y, José de Arimatea y Nicodemo, lo entierran en un sepulcro nuevo.

     Es un día de luto riguroso, día de la Adoración de la Cruz. “He aquí el leño de la Cruz en donde estuvo clavado la salvación del mundo. Venid a adoradlo”   

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” y “Todo está cumplido” (Jn 19, 30)

     En la Cruz, Jesús transformó la mayor iniquidad cometida por la humanidad en un acto supremo de amor. El Papa Francisco nos dice: ”Nuestra vida refleja este amor perfecto cuando ofreciéndola por los demás , como Jesús nos enseñó, lo hacemos presente en medio de su pueblo”

     Desde primera hora de la mañana acude la gente a la iglesia. Es tiempo de rezar por los nuestros, los que se fueron y los que quedan, y también de dar las gracias por los favores recibidos, por la salud, por la familia, por la fe que se nos ha dado, conservamos y trasmitimos, por estar vivos.

     En las casas, hoy ha sido una “mañana de hombres”. Toca comer “ajo mortero”, y para hacerlo bien, hace falta un buen brazo capaz de ligar la miga del pan, con el bacalao “cocío” y el aceite. Luego lo adornaremos con las migas del bacalao “desalao” y el huevo cocido. Y con la corteza del pan, -como se dice por aquí-,… a sopar.     

     De nuevo se organiza la procesión. A veces es inevitable contar con el tiempo que nos hace. Marzo y abril son meses a menudo ventosos y lluviosos, y la incertidumbre se apodera de la gente. -¿Salimos o no, D. Miguel? -.  Siempre tenemos la alternativa de volvernos si es que se agarra a llover, así que… ¡salimos!  -Como decía alguien no hace muchos años: “Llueva o no llueva, la procesión sale al Calvario porque el responsable soy yo”-. Vamos al Calvario y la cruz con Cristo Crucificado, que se bajó a primera hora de la mañana, ya está en sus andas con las flores a sus pies. D. Miguel inicia el rezo del viacrucis y por la calle de la Morería, Cruces y Cartagena, llegamos por la carretera al Calvario. El suelo es irregular, paramos y entre todos suben los pasos a nuestro “Gólgota”. Desde el calvario vemos nuestra iglesia inacabada pero grandiosa y majestuosa, los campos verdes y los árboles en flor y, también nuestras cruces de piedra (retocadas por Damián y Ramón) e imaginamos a Jesús entre los dos ladrones, Dimas y Gestas y miramos a nuestro Cristo Crucificado clavado en la cruz.

 

      Siguen el viacrucis y los cantos y de nuevo se pone en marcha la procesión para, por la calle Balsas, llegar a la “plaza” –hoy del Pilar-, y de allí por la calle Agua, Horno e Iglesia, llegar de nuevo al final de la procesión.

     Por la noche, iniciamos la Procesión del Silencio. Tras los oficios, el protagonismo lo toma la Cofradía del Sepulcro. Repetimos el itinerario del jueves, pero esta vez, la procesión va más lenta. Silencio, Silencio, silencio. Solo se oye el ruido de algunos penitentes que arrastran sus cadenas y en otros tiempos cargaban con la cruz a cuestas -Por cierto, quiero mencionar especialmente a Pedro, el de Cristino, que fue el último en llevarla y que es una persona a la que todos estamos agradecidos por su ayuda siempre desinteresada-, también contamos con la presencia de las “manolas” que acompañan a una María Madre, con el corazón desgarrado, rota por el dolor y el desconsuelo. Ya no se puede sufrir más. Hasta el último suspiro ha estado junto a su Hijo.

El Papa Francisco nos dice que “la vida se acrecienta dándola y se debilita en el consuelo y la comodidad” y eso, justamente eso, es lo que hizo Jesús: Dar la vida por nosotros.

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN.

     Júbilo y alegría. Judas amanece ahorcado, consciente de lo que había hecho, no aguanta y, pese a devolver los 30 denarios, desesperado por su dolor y arrepentido, decide suicidarse.

     Tras la Vigilia Pascual, llegan los bautizos –cuando los tenemos- y a primera hora de la mañana, la Virgen gozosa, alegre, espléndida sale al encuentro de su Hijo que ha RESUCITADO. Y lo que había sido dolor, angustia, tristeza, desesperanza, se transforma en luz, alegría y gozo, los pasos no andan, corren. La alegría se desborda y el repicar a gloria de las campanas que anuncian la Resurrección, sustituye al ruido de las carracas. 

     Cristo ha resucitado de entre los muertos y se ha aparecido a sus discípulos en varias ocasiones. Ya no hay duda. Después de la muerte vendrá la Resurrección y esa es nuestra fe.

 

     Hemos recordado el pasado y el presente y, sinceramente, creo que tenemos un buen futuro por delante para nuestras cofradías. Si no, ¿cómo se explica que, en Semana Santa, todos intentemos dejar unos días para volver al pueblo?  De Albacete, Cuenca, Valencia, Madrid, Alicante, Murcia, Barcelona, Sevilla, Gerona, hasta de Galicia y, en fin, de toda España, salimos para reunirnos en nuestro pueblo, en nuestra parroquia de la Virgen de la Asunción.

 

     Hemos llegado al final. En esta iglesia fui bautizado, hice la primera comunión, me confirmé, fui catequista, me casé e incluso bauticé a mi hija Paula, al tiempo que mi hijo Alejandro, recibía su primera comunión.  Desde esta iglesia he despedido a mis seres más queridos.

     Es el momento de dar las gracias a los que nos precedieron, por darnos la vida y la fe. También y especialmente a mi mujer, Llanos, que lleva siendo mi compañera de viaje desde hace ya más de 30 años; a mis hijos, a mis padres y demás familia porque siempre han estado ahí, para ayudar y echar una mano si era necesario, a los amigos y, por último, a todos los que estáis aquí porque seguís siendo mi gente, mi pueblo, y para vosotros siempre seré

Toñín, el guacho del Torero,

nieto de sombrerete.

El marido de la Llanos

y el yerno de Juanete.

     Ahora, para terminar el acto, voy a recitar un soneto dedicado a Jesucristo Crucificado, escrito en nuestro siglo de oro y de autor desconocido (aunque se piense en San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús como posibles autores), acompañado al violín por mi hija que interpreta el Aleluya de Leonard Cohen.

No me mueve, mi Dios, para quererte  el cielo que me tienes prometido,  ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte  clavado en una cruz y escarnecido,  muéveme ver tu cuerpo tan herido,  muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,  que aunque no hubiera cielo, yo te amara,  y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,  pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

 

                       Muchas gracias.

Vara de Rey, 18 de abril de 2019.

 

Antonio Jávega Jiménez




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